No conforme con la primera versión, los introduzco a una segunda. Vendría a ser algo así como “encuentre las 10 diferencias” aunque me parece que hay un par más. Pero no, no es tan divertido como suena, simplemente es una reescritura. Nuevamente, espero que les agrade.
Mi primera vez
No hace mucho, un sábado por la mañana preparando una mudanza hacia otro estudio y víctima de la molesta e inquietante monotonía, me “reencontré” con mi primera pintura: un cálido y brilloso sol, similar al que se asomaba por mi ventana. Verla fue como una bocanada de aire fresco y renovador. La toqué, sentí su olor y se despertaron en mí infinidad de sentimientos y memorias. Me puse a pensar en todo lo que pasé para llegar al lugar en el que me encuentro hoy; los miedos, las alegrías, las cosas buenas y también los malos momentos.
El sorpresivo pero grato suceso, me movilizó tanto que es por eso que ahora me encuentro escribiendo el primer capítulo de mi autobiografía. En esta oportunidad voy a jugar a ser dos personas a la vez: entrevistado y entrevistador. En las notas que me han hecho suelen preguntarme como comenzó mi carrera, influencias, datos sobre mi trayectoria profesional, etc. Creo que no existe otra persona mejor que uno mismo para relatar su propia vida y es por ello que esta vez no voy a expresarme a través de pinceles, colores, óleos o acrílicos, sino que voy a hacerlo (o al menos pretendo) mediante mis propias palabras. La hoja cuadriculada que tengo frente a mi será mi lienzo.
Mi nombre es Milo, tengo 45 años y soy pintor. Mi carrera, esa primera vez con el arte se remonta hacia muchos años atrás, imagino que cuando tenía doce años aproximadamente. Mi familia era muy típica: un papá, una mamá y una hermana. Nada fuera de lo común. Pero antes que ellos estaba mi abuelo, un gran hombre al que recuerdo con todo el cariño y una de mis máximas influencias. Fue justamente él, el que me introdujo en este “submundo” del arte.
Una tarde como muchas otras, me llevó al estudio de pintura de su amigo Ismael. Recuerdo que el lugar era muy amplio, con grandes columnas y techos muy altos, lo cual brindaba una sensación de paz y tranquilidad absoluta. Claro que no lo era tanto, ya que también era ruidoso y estaba lleno de pomos de acrílicos, brochas, espátulas, papeles entre otros elementos, pero aún así yo me sentía muy cómodo. A pesar de que ya había acompañado a mi abuelo, Juan Patricio, muchas veces a ese lugar, aquella tarde fue distinta. Por primera vez sentí muchos deseos de expresar (siempre fui muy callado y reservado) todo lo que sentía y pensaba sobre una plancha de madera que se encontraba en un rincón del atelier. Algo me pasó ese 18 de Abril, llámenle corazonada, señal, manifestación o como sea, pero para mi fue “algo”. Me quedé un largo rato mirando hacia esa esquina, incluso estaba tan concentrado vaya a saber en qué, que no me di cuenta de que mi abuelo estaba también observándome. Cuando tomé conciencia de esa situación me sentí avergonzado y me puse a hacer otra cosa. El momento pasó y durante los siguientes días no comenté nada sobre el tema ni con mi familia ni con mi abuelo. Sé que él es también parte de mi familia, pero digamos que siempre lo consideré fuera de ese núcleo, ya que con mis padres y mi hermana no tenía una profunda relación, pero en cambio con Juan Patricio sí.
Fue entonces que una semana después de este hecho vino mi abuelo a casa con unos regalos para mí: unos cuantos pomos de pintura azul, verde, rojo, naranja y negro entre otros colores, muchos pinceles y esa plancha de madera. Ninguno de los dos teníamos la necesidad de hablar mucho para entendernos, sino que lo hacíamos solo cuando realmente había algo para decir que valía la pena. Y así fue. En el momento de la entrega de mis “tesoros” me dijo:”Sacá todo lo que tenés adentro, divertite, pintá y dibujá sentimientos e imaginación. Expresate con total libertad”.
Hoy que recuerdo ese momento del que pasaron más de treinta años, noto lo valiosas y trascendentales que fueron en mi vida sus palabras. Me marcaron tanto que ese mismo día, sin pensar mucho pero sintiendo una mezcla de adrenalina, confusión, miedo y emoción, di mi primera pincelada.
El resultado fue bastante satisfactorio. Era una obra de tamaño mediano y con colores cálidos (mis preferidos). El centro era una especie de sol muy amarillo que estaba acompañado por un fondo en la gama de los naranjas y rojos. Como detalle usé, justo al final de la obra, un acrílico dorado que le proporcionaba un aspecto brillante muy simpático y alegre. Ese fue mi primer contacto directo con la pintura, el primer momento en el que un objeto más sin vida y aparentemente inutilizable se convirtió en todo para mí. El pincel se había transformado en una extensión de mi cabeza y mi corazón. Y me fue bien, me sentía feliz.
A lo largo de todos estos años pinté una gran variedad de cuadros y, por suerte, tuve mucho éxito. Me invitaron a exponer en importantes galerías y museos de Europa y Asia junto con otros talentosos artistas, sin embargo nada de esto hubiera sucedido sin esa primera pintura. No existe en mi vida otra obra que me haya influenciado tanto como esa.
Es por eso, que cada vez que tomo un pincel y me acuerdo del sentimiento que me invadió ese día, reconfirmo que pintar es lo que amo y que es así como me quiero sentir para el resto de mi vida. Feliz.
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